Ser soltera: Una historia sobre daños y cambios.

Damageandchange

Mi parte favorita sobre Proyecto Mujeres Buenas es cuán diferente puede ser la voz y la historia de cada mujer. Cuán honesta, y cuán transparentes y reales son. El artículo de hoy lo escribió Kristin, y ella comparte su vida con nosotras. Es mi esperanza que escuches su corazón a través de esto, y que aprendas algo sobre ti y sobre Dios en el proceso. Kristen twitea en @almondflavor y también puedes encontrarla en Facebook. –Lauren

Yo no tengo citas amorosas. Puedo contar el número total de relaciones que he tenido con una mano y aún tener dedos que me sobren. He tenido una mala racha de soledad, y por casi tres años, he estado soltera.

Mi relación con Dios nunca ocurrió. Cuando hice mi confirmación a los trece años, me levanté y dejé a mis compañeros al frente de la iglesia mientras toda la congregación observaba. No era que no creía en Dios. Yo creía. Sólo que no quería comprometerme cuando sentía que nunca había conocido a Dios en la iglesia que había asistido toda mi vida.

Cuando empecé a tener citas amorosas, las típicas inseguridades salieron a la luz. Me hicieron daño. Y sin Dios para sanarme, mi corazón herido volvía a salir roto en el próximo intento. Pasó una y otra vez. Mis relaciones nunca mejoraron.

La yo “soltera” entre medio de cada relación era terrible. Yo me lamentaba, me aferraba al pasado y poco a poco, perdía la pasión por las demás cosas en mi vida más allá de mi relación amorosa. Nunca aprendí, y nunca adquirí sabiduría para la próxima ocasión. Mis relaciones no eran compromisos, sino adicciones emocionales que le daban a mi inseguridad su próxima ‘cura’. ¿Escuchar a mi novio decirme que me amaba y que era hermosa? ¿Cómo no aferrarme a eso?

Mi última ruptura amorosa fue la que más duro me golpeó. Finalmente estaba dándole a Dios un poco de atención al mismo tiempo que adquiría compromiso con ese novio. Cuando se derrumbó nuestra relación y ese Dios que estaba conociendo no la restauró a pesar de mis súplicas, yo no estaba muy contenta. Mi opinión inmadura de Dios hizo que me decepcionara de Él, así que seguí ignorándolo…Y toqué fondo.

No solo perdí al chico de quien me había enamorado, sino que perdí amistades que por primera vez, realmente valoraba. Vi el vacío que me producía mi trabajo, y tuve mi buena dosis de depresión. Estaba increíblemente sola, cosa que en mi mente era sinónimo de fracaso. Pero, por más comprometida que había estado con ese novio, también me había empezado a comprometer con Dios. No importa cuán pequeño sea el espacio que le has brindado en tu corazón, Dios va a tomar ese espacio para empezar a hacer su trabajo en tu vida.

Y Dios empezó a trabajar, a través de algunos aspectos de mi vida. Pero créanme, fue suficiente como para que yo lo escuchara. Este Dios, que envió a su hijo a morir por mí sabiendo que yo lo rechazaría, todavía no estaba cansado de mí. No se iba a ir, no daría por vencido. No sólo eso, sino que estaba tratando de conquistarme, bendiciéndome en formas que yo no merecía.

Esa insistencia que tenía Dios en lograr que yo lo amara era desconcertante y un poco extraña. Yo nunca había sentido un muchacho desearme de esa manera. Pero en ese momento, yo estaba completamente vacía y muy, muy sola. Mi cama ya tenía la forma de mi cuerpo marcada porque yo nunca salía de ella. Ya no tenía pasión por mis antiguos pasatiempos, y con tanto tiempo en mis manos, poco a poco, comencé a ceder ante Dios.

Y mientras más me enfocaba en Él, menos me enfocaba en pensar en mi ex. Menos recordaba el pasado. Mientras más veía el amor de Dios por mí (a través de cosas tan sencillas como un “extra shot” gratis de café en Starbucks en una mañana difícil, o un mensaje de texto cariñoso de alguna amistad), más empecé a ver las razones por las cuales Él me amaba, y más descubría que esas también eran razones para yo amarme a mí misma. Mientras más le permitía a Dios entrar (aunque fuese lentamente), más completa me sentía.

No fue fácil, debo aclarar. Para alguien que tiene problemas con el compromiso, esto fue muy intenso. Buscaba a Dios en otros que lo habían conocido de años, y le preguntaba sobre Él a gente que no sabía nada de él. Leía sobre Él. Hablaba con Él, en lugar de exigirle las cosas que yo deseaba. Formé pasiones nuevas. De pronto, me sentía culpable de que alguien que yo no conocía hubiese muerto por mí, y que yo hubiese desperdiciado tanto tiempo atrapada en mi mente. Y así de pronto, se despertó en mí un gran amor por Él, y descubrí que me estaba comprometiendo con Él.

Y así, llegamos al presente. Mi vida está en una transición – se está moviendo, rápido. Mi primer párrafo todavía es verdad. No tengo citas amorosas, pero rara la vez me siento sola. Mi falta de enamoramientos pasajeros, mi falta de sentimientos volátiles y la desaparición de mi adicción emocional me tenían preocupada hasta que me di cuenta de por qué ya no quería seguir saliendo con chicos al azar. Por primera vez, no estoy esperando por una relación que alimente mis inseguridades. Estoy preparándome para una relación que alimente mi hambre de Dios – una relación con un hombre que tenga a Dios como su fuerza vital.

Una de las cosas más grandes que he hecho en mi compromiso con Dios es poner toda mi confianza en que Él tiene un propósito con mi vida.

Si hay trabajo por hacer en mí y a través de mí, confío que el Señor me dará un aliado perfecto para eso, o que seguirá usando mi libertad e independencia para lograrlo.

Por ahora, es a través de mi independencia. Ahora, veo la soltería como un honor. Es la aprobación de Dios de que soy suficiente para hacer Su trabajo tal como soy. Es una oportunidad para trabajar con mi corazón y ser mejor. Para prepararme y tener tanto que “traer a la mesa” cuando conozca a la pareja idónea, que el pobre no tenga ni dónde poner los codos.

No hay ninguna vergüenza en ser soltera..

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